Libro IV · Capítulo 16
Las confesiones · San Agustín de Hipona
Tramo 1 de 4
1. Pero, ¿de qué me sirvió el haber leído y entendido por mí mismo cuando tenía veinte años el libro de Aristóteles llamado “De las diez categorías”? Mi maestro de retórica en Cartago y otros que pasaban por doctos mencionaban ese libro con sonoro énfasis y yo quedaba arrobado. Curioso y como presintiendo algo grande y divino, lo leí yo sólo y lo entendí. Dialogué luego sobre él con otros que decían haberlo comprendido con harto trabajo, aun cuando se lo explicaban maestros doctísimos que no sólo se valían de palabras, sino también de figuras dibujadas con el dedo en el polvo y no me pudieron decir nada que no hubiera yo entendido leyendo solo en mi estudio. Dichas categorías me parecían explicar bien claro lo que son las sustancias, como el hombre y lo que son las propiedades del hombre, como su figura, su estatura, de pie o sentado, calzado o armado, si hace algo o padece algo. Esto lo pongo a guisa de ejemplos de las innumerables cosas que caben en esos nueve géneros y en el género de sustancia.
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