Santos Apóstoles · Kindle

Libro IV · Capítulo 16

Las confesiones · San Agustín de Hipona

Tramo 2 de 4

Letra pequeñaMedianaGrande

2. Pero todo esto en lugar de ayudarme me estorbaba, creyendo que todo cuanto existe está comprendido en esas categorías, pensaba que tú mismo, ser admirablemente simple e inmutable, quedabas comprendido en ellas a la par de los demás seres y estimaba que tu grandeza y tu belleza estaban en ti como en un sujeto que las tuviera, como pasa con los cuerpos; siendo así que tú mismo eres tu propia grandeza y belleza. Al contrario de ti, un cuerpo no es ni grande ni hermoso por el solo hecho de ser cuerpo, ya que si fuera menos grande y bello sería cuerpo todavía. Pero todo eso no era verdad sino falsedad cuando lo pensaba de ti: ficciones de mi miseria y no fundamentos de tu bienaventuranza. En mí se cumplía algo que tú habías mandado: que la tierra diera abrojos y espinas (Gn 3, 18) y que con trabajo llegara a mi pan.

3. ¿De qué me sirvió pues, siendo como era esclavo de mis malos apetitos, el haber leído y entendido por mí mismo todos aquellos libros de las llamadas liberales?

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