Libro V · Capítulo 5
Las confesiones · San Agustín de Hipona
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3. Pero aun esta flaqueza la soporta maternalmente la caridad en los que están recién nacidos a la fe mientras no llega el tiempo de que surja en ellos el hombre nuevo, el varón perfecto que no es llevado de aquí para allá por cualquier viento de doctrina (Ef 4, 13-14). Aquel hombre, en cambio, se atrevió a presentarse como doctor, consejero, guía y director y, a sus discípulos los persuadía de que no eran seguidores de un hombre cualquiera, sino tu mismo Santo Espíritu; ¿cómo no juzgar semejante audacia como detestable demencia y de no condenarla con firme reprobación y con horror apenas quedaba demostrado que había dicho cosas erróneas?
Con todo, no había yo sacado completamente en claro que no pudieran componerse con sus enseñanzas los fenómenos celestes del alargamiento y acortamiento de los días y las noches y los desfallecimientos del sol y de la luna según yo los conocía por otros libros; me quedaba siempre la incertidumbre de que pudiera o no ser así, pero todavía me sentía inclinado a aceptar su autoridad, pues me parecía acreditada por la santidad de su vida.
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