Santos Apóstoles · Kindle

Libro VI · Capítulo 1

Las confesiones · San Agustín de Hipona

Tramo 2 de 3

Letra pequeñaMedianaGrande

Entretanto había llegado mi madre, que llevada de su inmenso amor me seguía por tierra y por mar y que en todos los peligros estaba segura de ti y tanto, que durante los azares de la navegación confortaba ella a los marineros mismos, que están habituados a animar en sus momentos de zozobra a los viajeros novatos. Les prometía con seguridad que llegarían a buen puerto, pues tú así se lo habías revelado en una visión. Me encontró cuando me hallaba yo en sumo peligro por mi desesperación de alcanzar la verdad. Cuando le dije que no era ya maniqueo pero tampoco todavía cristiano católico, no se dio en extremos al júbilo como si mi noticia la hubiera tomado de sorpresa. Segura estaba de que de la miseria en que yacía yo como muerto, habías tú de resucitarme por sus lágrimas y, como la viuda de Naím, me presentaba a ti en el féretro de sus pensamientos, para que tú le dijeras al hijo de la viuda: Joven, yo te lo mando, levántate (Lc 7, 14) y él reviviera y comenzara a hablar y tú se lo devolvieras a su madre. Así pues, su corazón no se estremeció con ninguna turbulenta exultación cuando vio que ya estaba hecho en parte lo que ella a diario con lágrimas te pedía: pues me vio no ganado todavía para la verdad, pero sí liberado de la falsedad. Y esperaba con firmeza que tú, que se lo habías prometido todo, hicieras lo que faltaba todavía. Con el pecho lleno de segura placidez me respondió que no dudaba un punto de que antes de morir había de verme católico fiel.

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