Libro VI · Capítulo 7
Las confesiones · San Agustín de Hipona
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Así pues, al oír mis palabras se arrancó Alipio con fuerza de aquella fosa profunda en la cual con tanta complacencia se había ido hundiendo cegado por un miserable placer; con temperante energía sacudió de su ánimo las sordideces del circo y nunca se le vio más por allí. Después venció la resistencia de su padre y obtuvo su consentimiento para alistarse entre mis discípulos y con ello se vio envuelto en la misma superstición que yo, pues le gustaba la ostentación de austeridad que hacían los maniqueos, que tenía por sincera. Pero no había tal. Era un error que seducía almas preciosas pero inexpertas de la virtud y fáciles de engañar por apariencias superficiales de una virtud simulada y no real.
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