Libro VI · Capítulo 11
Las confesiones · San Agustín de Hipona
Tramo 2 de 4
Todo esto me decía, pues se había levantado en mi alma una grande esperanza desde el momento en que comprobé que la fe católica no afirma los errores de que vanamente la acusábamos. Sus doctores reprueban resueltamente la idea de que Dios tenga figura corporal de hombre y que en ella se termine. ¿Cómo dudar entonces de que inquiriendo más las demás puertas también se me tenían que abrir? Y me decía para mí mismo: “Las horas de la mañana me las ocupan los estudiantes y no me quedan para el estudio de la verdad sino las horas de la tarde. Pero, por otra parte, sólo por la tarde puedo saludar a mis amigos y visitar a las personas importantes cuya ayuda necesito y sólo por las tardes puedo preparar los trabajos que me compran mis alumnos. Además, sólo por las tardes puedo reparar mis fuerzas descansando de la tensión de mis preocupaciones”.
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