Libro VI · Capítulo 11
Las confesiones · San Agustín de Hipona
Tramo 1 de 4
1. Me admiraba yo considerando el largo tiempo transcurrido desde que yo, a los diecinueve años, con tanto ardor había comenzado el estudio de la sabiduría con el propósito firme, si la encontraba, de abandonar a las falaces esperanzas y a la mentida locura de los falsos placeres. Y ya andaba en los treinta años ahora y no salía del lodazal.
Desde mis diecinueve años estaba yo entregado al goce de los bienes del momento presente, que se me escurrían entre las manos dejándome distraído y disperso. Y yo me decía: “Mañana la tendré, mañana se me aparecerá y me abrazaré a ella, mañana llegará Fausto y me lo explicará todo”. ¡Oh, varones ilustres de la Academia que decís que ninguna certidumbre podemos alcanzar para dirigir la vida! Pero no. Debemos, bien al contrario, buscar con mayor diligencia y sin desesperar. Ya no me parecen absurdas en los libros eclesiásticos las cosas que antes me lo parecían y que pueden ser entendidas con toda honradez de otra manera. Asentaré entonces mis pies en el paso en que de niño me pusieron mis padres, en espera de que la verdad se me haga ver claramente.
2. Pero, ¿dónde y cuándo buscar la verdad? Ambrosio no tiene tiempo y yo no tengo facilidades para leer. ¿En dónde podría yo conseguir los códices, en dónde comprarlos o a quién pedirlos prestados? Y será, además, preciso determinar un tiempo y señalar horas fijas para dedicarlas a la salud de mi alma.
Capítulo anteriorÚltimo tramo abierto guardado si su navegador acepta cookies. También puede guardar esta página en favoritos.