Libro VI · Capítulo 16
Las confesiones · San Agustín de Hipona
Tramo 1 de 2
1. A ti la alabanza y la gloria, ¡oh Dios, fuente de las misericordias! Yo me hacía cada vez más miserable y tú te me hacías más cercano. Tu mano estaba pronta a sacarme del cieno y lavarme, pero yo no lo sabía. Lo único que me estorbaba hundirme todavía más en la ciénaga de los placeres carnales era el temor a la muerte y a tu juicio después de ella, que nunca, no obstante la volubilidad de mis opiniones, llegué a perder. Y conversaba con Alipio y Nebridio, mis amigos, sobre los confines del bien y del mal y en mi ánimo le hubiera dado la palma a Epicuro si no creyera lo que él nunca quiso admitir, que muerto el cuerpo, el alma sigue viviendo.
2. Y me decía a mí mismo: “Si fuéramos inmortales y viviéramos en una continua fiesta de placeres carnales sin temor de perderlos, ¿no seríamos, acaso, felices? ¿Qué otra cosa podríamos buscar?”. Ignoraba yo que pensar de este modo era mi mayor miseria. Ciego y hundido, no podía concebir la luz de la honestidad y la belleza que no se ven con el ojo carnal sino solamente con la mirada interior. Ni consideraba, mísero de mí, de qué fuente manaba el contento con que conversaba con mis amigos aun sobre cosas sórdidas; ni que me era imposible vivir feliz sin amigos, ni siquiera en el sentido de abundancia carnal que la felicidad tenía entonces para mí. Pues a estos amigos los amaba yo sin sombra de interés y sentía que de este modo me amaban también ellos a mí.
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