Libro VII · Capítulo 1
Las confesiones · San Agustín de Hipona
Tramo 2 de 3
2. Habría querido con un solo golpe de la mano ahuyentar de mi alma toda aquella turba volátil de imágenes inmundas; pero apenas ahuyentada volvía a la carga, aumentada todavía y me obnubilaba la vista y así, aun cuando no te atribuía una figura humana, me sentía forzado a pensarte corpóreo, presente en los lugares, difundido en el mundo, por todo lo infinito, dentro y fuera del mundo. Sólo así podría yo concebir lo incorruptible, lo inviolable, lo inmutable que tan por encima ponía de todo lo que se corrompe, es violado o se muda. Y todo cuanto imaginara yo privado de esta situación en el espacio me parecía ser nada. Como si un cuerpo se retirara de un lugar y éste quedara vacío de todo lo que es térreo, aéreo, húmedo o celeste, la nada absoluta; algo tan absurdo como una nada que ocupara un lugar.
3. Así yo, embotado y lerdo de corazón y confuso para mí mismo, pensaba que no podía ser algo real lo que no se extendiera en algún espacio o se difundiera o se conglomerara o se hinchara en él; lo que no fuera capaz de contener alguna cosa o ser contenido en otra cosa. Mi mente iba siguiendo las imágenes de las formas que veían mis ojos y no comprendía que la actividad interior con la cual formaba yo esas imágenes no era como ellas, cosa vana, ni podría formarlas si no fuera ella misma algo real. Así pensaba yo pues, que tú, vida mía, eras algo muy grande que por infinitos espacios penetraba la mole toda del mundo y se extendía mucho más allá, en todas direcciones, por manera que estabas presente en la tierra, presente en el cielo, presente en todo y todo se terminaba en ti y tú mismo no tenías término.
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