Libro VII · Capítulo 6
Las confesiones · San Agustín de Hipona
Tramo 5 de 5
5. Con esto comencé a rumiar en mi ánimo la idea de ir a encontrar, para burlarme de ellos y confundirlos, a aquellos delirantes astrólogos que tan buenas ganancias sacaban de sus delirios; seguro de que no podrían resistirme diciendo que Fermín me había contado mentiras, o que su padre se las había contado a él. Me propuse estudiar los casos de esos hermanos gemelos que uno tras otro en tan pequeño intervalo, que por más que se hable de las leyes del mundo no resulta posible determinar con fijeza las diferencias, de modo que el astrólogo pudiera decir algo con seriedad. Mucho habría errado, por ejemplo, el que viendo el horóscopo de Jacob y de Esaú predijera de ambos lo mismo, cuando sus vidas fueron tan diferentes. Y si hubiera predicho estas diferencias, no las hubiera podido sacar del horóscopo, que era el mismo. No habría podido acertar por arte, sino sólo por suerte.
Pero tú, Señor, justísimo moderador del universo, desde el abismo de tus justos juicios y sin que lo sepan ni los consultantes ni los consultados, con oculta providencia haces que el consultante oiga lo que según los méritos de su alma le conviene oír. Y que nadie diga: ¿Qué es esto, o para qué es esto? Que nadie lo diga, porque es nada más un hombre.
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