Santos Apóstoles · Kindle

Libro VII · Capítulo 19

Las confesiones · San Agustín de Hipona

Tramo 1 de 2

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1. Pero entonces creía yo de mi Señor Jesucristo algo del todo diferente. Ciertamente lo tenía por un varón de insuperable sabiduría con el cual nadie podía compararse, especialmente porque había nacido de manera admirable de una virgen, como para ejemplo de menosprecio de los bienes temporales poder conseguir la inmortalidad. Por haber tenido de nosotros tan grande providencia, su autoridad me parecía inigualable; pero no me cabía ni la menor sospecha del misterio encerrado en las palabras “el Verbo se hizo carne” (Jn 1, 14). De todo lo que sobre Él se nos había entregado por escrito asumía yo que Cristo había bebido y dormido, que caminó y predicó, que conoció la tristeza y también la alegría; pero estimaba que aquella carne suya no se había unido a tu Verbo, sino con un alma y con una inteligencia humanas. Esto lo sabe quien ha llegado a conocer la inmutabilidad de tu Verbo, como la conocía yo ya para entonces y lo profesaba sin la menor sombra de dubitación. Porque la capacidad de mover a voluntad los miembros del cuerpo o no moverlos; o sentir un afecto y luego otro diferente en otro momento; o pronunciar en una ocasión admirables sentencias para guardar silencio en otra, es cosa propia de la mutabilidad del alma y de la mente. Y si todas estas cosas que de Cristo se dicen fueran falsas, todo lo demás naufragaría en la mentira y no quedaría en los sagrados Libros ninguna esperanza de salvación para el género humano.

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