Libro VIII · Capítulo 1
Las confesiones · San Agustín de Hipona
Tramo 1 de 4
1. Justo es, Dios mío, que yo recuerde y confiese las misericordias que habéis usado conmigo, y os muestre en acción de gracias mi reconocimiento. Penetrados y llenos de vuestro amor todos mis huesos, deben clamar, diciendo: Señor, ¿quién hay semejante a Vos? Pues rompisteis mis lazos y prisiones, corresponda yo ofreciéndoos sacrificio de alabanza. Voy a referir el modo con que me los rompisteis para que oyéndolo todos aquéllos que os adoran, digan: Bendito sea el Señor en el cielo y en la tierra: grande y maravilloso es su nombre.
Todas vuestras palabras se me habían quedado impresas en el corazón y me hallaba cercado y sitiado de Vos por todas partes. Yo estaba muy cierto de vuestra vida eterna, pues aunque la había visto confusamente y como por un espejo, no me había quedado duda alguna acerca de la existencia de una sustancia incorruptible por haber dimanado y procedido de ella todas las demás sustancias, y ya no deseaba estar más seguro de Vos, sino estar más firme y constante en Vos. Pero acerca del género de vida que había de seguir, se me ofrecían mil dudas y dificultades, y conocía que era necesario limpiar primero mi corazón de la vieja levadura del pecado, que me lo tenía desazonado y corrompido. Me agradaba el camino que debía seguir, que es el mismo Salvador; pero todavía estaba perezoso para entrar y pasar lo que tiene de estrecho ese camino.
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