Libro VIII · Capítulo 2
Las confesiones · San Agustín de Hipona
Tramo 3 de 5
Leía él, según me contó Simpliciano, la Sagrada Escritura y buscaba con grandísimo cuidado todas las obras que trataban de la religión cristiana, instruyéndose en ellas; y decía a Simpliciano, aunque no públicamente, sino en secreto y en confianza de amigo: Sábete que yo ya soy cristiano; a lo que Simpliciano respondía: Yo no lo creeré ni te contaré entre los cristianos, hasta que te vea en la iglesia de Cristo. Pero él, como burlándose, decía: Pues qué, ¿son las paredes las que hacen cristianos a los hombres? Y esto lo repetía muchas veces, diciendo que él ya era cristiano, y otras tantas le respondía Simpliciano lo mismo que antes, pero él volvía a burlarse, con decir que eso no lo hacen las paredes.
Temía Victorino disgustar a sus amigos, soberbios idólatras que adoraban al demonio, que por ser muy poderosos y hallarse constituidos en la cumbre de las mayores dignidades que hay en la Babilonia de este mundo, y eran como elevados cedros del Líbano, que aún no había el Señor derribado y deshecho, juzgaba que habían de caer sobre él con más ímpetu y fuerza sus odios y enemistades.
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