Santos Apóstoles · Kindle

Libro VIII · Capítulo 2

Las confesiones · San Agustín de Hipona

Tramo 4 de 5

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Pero después que con su estudio y lección continua adquirió más fortaleza, temió que Cristo no le había de reconocer por suyo en presencia de los santos ángeles, si él temía confesarle ahora delante de los hombres; y conociendo que se hacía reo de un delito muy grave en avergonzarse de recibir los Sacramentos que nuestro Verbo humano había instituido, no habiéndose avergonzado de cooperar a los sacrílegos sacrificios y cultos inventados por la soberbia de los demonios, a quienes él, soberbio, también había imitado, recibiendo las sacrílegas órdenes con que se dedicaban los hombres y destinaban al culto y sacrificios de los ídolos, perdió la vergüenza, que le era nociva y le hacía perseverar en la vanidad mundana, trocándola en provechosa vergüenza de no seguir la verdad que conoció, repentinamente se resolvió, y sin más pensar en ello, dijo a Simpliciano, según este mismo contaba: Ea, vamos a la iglesia, que quiero hacerme cristiano.

Entonces, Simpliciano, no cabiendo en sí de alegría, marchó con él a la iglesia. Luego que se le catequizó y recibió toda la instrucción necesaria en los principales misterios de nuestra fe, de allí a poco dio su nombre para que se le escribiese en el catálogo de los que pedían ser reengendrados por el santo Bautismo, maravillándose Roma, y alegrándose la Iglesia. Veían esto los soberbios, y se enojaban y enfurecían, rechinaban sus dientes de cólera y se consumían de rabia, pero vuestro siervo tenía puesta su esperanza en Vos, y no atendía a la vanidad de las doctrinas pasadas, ni a las locuras tan falsas y engañosas.

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