Santos Apóstoles · Kindle

Libro VIII · Capítulo 2

Las confesiones · San Agustín de Hipona

Tramo 5 de 5

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5. Finalmente, cuando llegó la hora de hacer la profesión de la fe (que en Roma es costumbre hacerla en presencia de todos los fieles que concurren, con ciertas y determinadas palabras aprendidas de memoria y pronunciadas desde un lugar eminente por los mismos que han de recibir en el Bautismo vuestra gracia), le propusieron a Victorino los sacerdotes, según contaba Simpliciano, que hiciese aquella profesión de fe secretamente, como se solía conceder también a algunos de quienes se juzgaba que por vergüenza se retraían de hacerlo en público, pero que él prefirió hacer la profesión de la fe y de la doctrina de su salud públicamente y a presencia de aquella multitud de fieles, conociendo que su salvación no estaba en la retórica, que enseñaba, ni en los errores que hasta entonces había profesado públicamente en Roma. Y a la verdad, ¡cuánto menos tenía que temer al manso rebaño vuestro al decir y pronunciar vuestras palabras el que usando de las suyas propias no había temido ni respetado ni tropas enteras de locos!

Así, luego que subió al sitio determinado para hacer la profesión de la fe, todos los que allí estaban, según que cada uno le iba conociendo, mutuamente unos a otros le iban nombrando con ruidosa aclamación de enhorabuenas. Pero ¿quién había allí que no le conociese? Así entre todos formaban una voz y murmullo, con que alegres y festivos, decían ¡Victorino, Victorino! Tan presto como se levantó aquel murmullo con la alegría que causó a todos el verle, tan presto cesó repentinamente con el deseo de oírle. Pronuncióél con noble y excelente confianza su protestación de la fe verdadera, y todos querían arrebatarle y meterle dentro de sus corazones, y efectivamente lo conseguían con el amor y el gozo que mostraban: estos afectos eran las manos que le arrebataban y metían dentro de las almas.

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