Libro VIII · Capítulo 6
Las confesiones · San Agustín de Hipona
Tramo 4 de 6
15. De aquí vino a parar su conversación en tratar de los muchos monjes congregados en los monasterios, de las costumbres y método de vida que observan los que siguen más de cerca vuestra divina ley; y finalmente de los muchos penitentes, virtuosos y santos varones que poblaron las soledades del yermo, de todo lo cual no sabíamos nosotros cosa alguna. Y no sólo esto, sino que en la misma Milán, fuera de los muros de la ciudad, había un monasterio lleno de buenos y virtuosos frailes, de cuya dirección y sustento cuidaba el obispo Ambrosio; y tampoco lo habíamos sabido. Proseguía Ponticiano hablando aún del mismo asunto, y nosotros le oíamos con atención y silencio, contándonos entre otras cosas que hallándose una vez en la ciudad de Tréveris, mientras que el emperador asistía al espectáculo de los juegos circenses, que se tenían después del mediodía, se había salido con otros tres amigos y compañeros suyos a pasear por unas huertas que estaban contiguas a los muros de la ciudad, y que estando en ellas se pusieron a pasear de dos en dos, según los combinó entre sí la casualidad. Ponticiano con uno de ellos echó por una parte y los otros dos echaron por otra, y se fueron alejando los unos de los otros. Los primeros, siguiendo su paseo sin rumbo ni camino determinado, vinieron a parar en una pobre cabaña en que habitaban algunos de vuestros siervos que profesan la pobreza de espíritu, de los cuales es el reino de los cielos, y allí encontraron un libro en que estaba escrita la vida del santo abad Antonio. Comenzó a leerla uno de ellos y comenzó también a admirarse y encenderse en devoción; al mismo tiempo que leía, iba pensando en abrazar aquel género de vida, para emplear la suya en serviros a Vos únicamente, dejando todos los empleos y ocupaciones del siglo, donde eran aquellos dos compañeros agentes
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