Libro VIII · Capítulo 6
Las confesiones · San Agustín de Hipona
Tramo 5 de 6
de negocios. Y repentinamente lleno de un amor santo y religioso pudor, enojándose contra sí mismo, volvió los ojos para mirar al otro amigo suyo, hablándole de este modo: «Ruégote, hombre, que me digas, ¿adónde aspiramos y pretendemos llegar nosotros con todas nuestras fatigas y trabajos?, ¿qué es lo que buscamos?, ¿cuál es el fin con que seguimos a la corte? ¿Podrá nuestra esperanza prometerse mayor fortuna en palacio que llegar a ser amigos del emperador?, ¿y qué hay en ese punto que no sea frágil, de corta duración y lleno de peligros? ¿Y por cuántos peligros hay que pasar precisamente para llegar a ese peligro más grande? ¿Y cuánto tiempo fuera necesario para conseguir eso siendo así que si quiero ser amigo de Dios, en este mismo instante lo puedo ser?». Dichas estas palabras, y como atribulado con el proyecto que había concebido de mudar de vida, volvió los ojos al libro, y conforme iba leyendo, se iba mudando en su interior, adonde solamente vuestros ojos podían penetrar, y su alma se iba desnudando de los afectos del mundo, como se mostró después. Porque mientras leyó y se agitó su corazón con las olas de varios afectos y pensamientos, dio algunos grandes sollozos y suspiros, y conoció claramente lo que le estaba mejor, y determinó seguirlo; y hecho ya amigo vuestro, habló de esta suerte al otro amigo suyo: «Yo estoy ya enteramente separado de todo lo que hasta ahora fue el objeto de nuestras esperanzas; estoy resuelto a servir a Dios y quiero comenzar desde este punto, y en este mismo sitio. Si tú no te hallas en estado de seguir mi ejemplo no quieras oponerte a mi designio». El otro le respondió que quería serle compañero en tan digna servidumbre y en recibir el gran premio que le corresponde. Así quedándose entrambos a ser vuestros siervos, comenzaron a edificar la torre de perfección evangélica con el caudal
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