Santos Apóstoles · Kindle

Libro VIII · Capítulo 7

Las confesiones · San Agustín de Hipona

Tramo 2 de 3

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17. Sin embargo, en aquella ocasión, cuanto más me encendía en amor de aquéllos de quienes oía tan santos y saludables ejemplos, porque enteramente se habían entregado a Vos para que los sanarais, tanto más me abominaba y aborrecía a mí mismo, comparándome con ellos. Porque ya habían pasado muchos años (creo que eran doce) desde que a los diecinueve de mi edad, habiendo leído el Hortensio de Cicerón, me sentí excitado al amor y deseo de la verdadera sabiduría, pero desde entonces había ido dilatando el dedicarme a investigarla, mediante el desprecio de toda felicidad terrena; siendo así que aquella sabiduría es tan grande, que no solamente su adquisición, sino también su inquisición se debe anteponer a la posesión de los tesoros y reinos del mundo, y a toda especie de deleites que voluntaria y abundantemente pueda gozar el cuerpo. Mas yo, infeliz joven, y en sumo grado infeliz, desde el principio mismo de mi juventud os había pedido castidad, diciendo: Dadme, Señor, castidad y continencia, pero no ahora. Porque yo temía que despachaseis luego al punto mi petición, y luego al punto me sanaseis de la enfermedad de mi concupiscencia, la cual más quería verla saciada que extinguida. Y además de eso, había yo seguido las torcidas sendas de una religión y doctrina supersticiosa y sacrílega, no de suerte que asintiese a ella con certidumbre, sino prefiriéndola a las demás doctrinas ciertas, las cuales en vez de investigarlas con piedad, las impugnaba con ojeriza y encono.

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