Libro VIII · Capítulo 7
Las confesiones · San Agustín de Hipona
Tramo 3 de 3
18. También antes me había parecido que el motivo que me hacía diferir de día en día el seguiros a Vos únicamente, despreciando la esperanza del siglo, era porque no se me descubría alguna cosa cierta hacia donde pudiese yo enderezar los pasos de mi vida. Pero al fin llegó el día en que mi corazón se me manifestase desnudo y sin rebozo, y mi conciencia me reprendiese diciendo: ¿Qué respondes ahora? Tú decías que por no tener certeza de la verdad rehusabas arrojar de ti la pesada carga de vanidad. Ya al presente conoces la verdad y todavía la vanidad te oprime; cuando otros que ni se han consumido como tú inquiriendo la verdad, ni han gastado diez años y más en reflexiones y disgustos para hallarla, en lugar de sentir peso en sus hombros, han cobrado alas con que volar en su seguimiento. De este modo me consumía interiormente y se cubría mi alma de una vehemente y horrible confusión y vergüenza, mientras que Ponticiano refería aquellas cosas.
Pero acabada la plática, y concluido el negocio a que venía, se volvió a marchar. Y yo vuelto a mí entonces, ¿qué cosas no dije contra mí? ¿Con qué aspereza de sentenciosas palabras no castigué y estimulé a mi alma, para que ella ayudase los esfuerzos que yo hacía para irme tras de Vos? Ella lo rehusaba y resistía, pero no se excusaba. Todos los argumentos y pretextos que hasta entonces había alegado estaban ya confutados y deshechos, y le había quedado solamente un temor mudo que no explicaba, y consistía en que temía como el morir el apartarse de la corriente de su costumbre, que la consumía y llevaba a la perdición eterna.
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