Libro VIII · Capítulo 11
Las confesiones · San Agustín de Hipona
Tramo 4 de 4
Yo me sofocaba y avergonzaba mucho, porque todavía estaba oyendo el murmullo de aquellas fruslerías, que me tenían suspenso y sin acabar de resolverme. Entonces otra vez la continencia parece que me decía: Hazte sordo a las voces inmundas de tu concupiscencia, que así ella quedará enteramente amortiguada. Ella te promete deleites, pero no pueden compararse con los que hallarás en la ley de tu Dios y Señor.
Toda esta contienda pasó dentro de mi corazón, batallando interiormente yo mismo contra mí mismo. En tanto Alipio, que no se apartaba de mi lado, aguardaba silenciosamente a ver en qué venían a parar los desusados movimientos y extremos que yo hacía.
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