Santos Apóstoles · Kindle

Libro VIII · Capítulo 11

Las confesiones · San Agustín de Hipona

Tramo 1 de 4

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25. De este modo me veía enfermo y atormentado, reprendiéndome a mí mismo con mucha mayor aspereza que la acostumbrada, y dando vueltas y más vueltas en los mismos lazos que me oprimían, hasta que se acabase de romper todo aquello por donde estaba aprisionado, que era ya muy poco, pero no obstante me tenía aún preso. Y Vos, Señor, usando conmigo de una severidad llena de misericordia, allá en lo interior de mi alma me estimulabais para que me diese prisa, redoblándome los azotes que padecía del temor y la vergüenza, para que no cesase en procurar romper aquello poco y tenue que restaba de mis prisiones; no sea que volviese a rehacerse y fortificarse, y me atase entonces más fuerte y apretadamente.

Yo decía en mi interior: Ea, hágase al instante; ahora mismo se han de romper estos lazos; y además de decir esto, deseaba ya y me agradaba ejecutarlo. Ya casi lo hacía, y realmente lo dejaba de hacer pero, sin volver a caer y enredarme en los antiguos lazos, me quedaba parado junto a ellos, como tomando aliento para acabar de romperlos. Volvía a procurar con más esfuerzo llegar a aquel estado que deseaba, y casi estaba ya en él, casi ya le tocaba, casi ya le tenía; pero real y verdaderamente ni estaba en él, ni le llegaba a tocar, ni le tenía, por no acabar de resolverme a morir para todo lo que es muerte y sólo vivir a la verdadera vida; porque tenía mayor poder sobre mí lo malo acostumbrado que lo bueno desusado. Finalmente, cuanto más se iba acercando aquel instante de tiempo en que había de ser ya muy otro, tanto me causaba mayor miedo y espanto, pero no me hacía retroceder ni apartarme del intento, sino suspenderme y detener el paso.

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