Libro IX · Capítulo 1
Las confesiones · San Agustín de Hipona
Tramo 1 de 2
1. Yo, Señor, puedo decir con David, soy vuestro siervo; yo soy vuestro siervo, e hijo de una sierva vuestra. Ya que habéis hecho pedazos mis prisiones, quiero por tan grande beneficio tributaros sacrificios de alabanzas. Os alabe mi corazón y mi lengua, y todos mis sentidos y potencias digan: Señor, ¿quién hay semejante a Vos? Y Vos, Señor, dignaos respondedme, decid a mi alma: Yo soy tu salud.
¿Quién soy yo y qué tal he sido? ¿Qué les ha faltado de iniquidad a mis obras, cuando no a mis obras, a mis palabras, cuando no a mis palabras, a los deseos y afectos de mi voluntad? Pero Vos, Señor, conmigo procedisteis como bueno y misericordioso: vuestra mano me fue tan favorable y poderosa, que me sacó de lo profundo de la muerte en que estaba sumergido y agotó la maldad de mi corazón, que estaba hecho un abismo de corrupción e iniquidad. Todo esto se reducía a que yo no quisiese ya lo que antes quería, y quisiese lo que Vos queríais. Pero durante toda aquella multitud de años, ¿dónde estaba mi libre albedrío?, ¿de qué profundo y escondido seno hube de sacarlo repentinamente, Redentor y favorecedor mío Jesucristo, para que libre y voluntariamente sujetase mi cerviz a vuestro suave yugo y mis hombros a vuestra ligera carga?
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