Libro IX · Capítulo 3
Las confesiones · San Agustín de Hipona
Tramo 1 de 3
5. Verecundo, muy amigo nuestro, que estaba casado con una cristiana, aunque él no era cristiano todavía, sabiendo nuestro buen propósito y la resolución que habíamos tomado, se consumía de pena y sentimiento, porque veía que le era forzoso privarse de nuestra compañía por la multitud de sus negocios e impedimentos, de que no podía desprenderse y desembarazarse; y especialmente porque, siendo casado, era la mujer una orma que le oprimía y estorbaba mucho, más que todo, el poder seguir nuestro camino y abrazar el género de vida que habíamos comenzado. Además de esto, él decía que no quería ser cristiano, sino de aquel modo que para él no era posible. Pero nos ofreció con toda benignidad y franqueza una casa de campo que tenía, para que la habitásemos todo el tiempo que nos habíamos de detener en Milán.
Dignaos, Señor, pagarle esta buena obra en la resurrección de los justos, supuesto que ya le concedisteis ser contado entre ellos. Pues cuando estábamos ya en Roma, aunque ausente de nosotros, se hizo cristiano en una enfermedad que padeció, y partió de esta vida marcado con el sello de la fe, en lo cual, Señor, no solamente tuvisteis misericordia de él, sino también de nosotros, para que no fuésemos continua y cruelmente atormentados por la pena y dolor intolerables de no poder contar en nuestro rebaño a un tal amigo, que tan generosa y excelentemente se había portado con nosotros.
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