Santos Apóstoles · Kindle

Libro IX · Capítulo 4

Las confesiones · San Agustín de Hipona

Tramo 3 de 8

Letra pequeñaMedianaGrande

¡Con cuán vehemente y vivo sentimiento me indignaba contra los maniqueos, porque tan locamente procedían contra aquel antídoto que podría curar las dolencias de su alma!, aunque por otra parte me daba lástima que ignorasen aquellos misterios, que eran las medicinas más conducentes a su salud. Quisiera que hubieran estado allí, en un sitio inmediato, que sin saberlo yo, hubieran visto entonces mi semblante y oído las voces que daba para explicar los sentimientos y afectos que en mi alma había producido la lectura del cuarto salmo, cuando leí en el tiempo y lugar que he dicho repitiendo estas palabras: Luego que comencé a invocaros, Dios mío, principio y causa de toda mi justicia, luego al punto fue mi súplica bien oída y despachada de Vos; cuando me estrechaban las tribulaciones, me desahogasteis colocándome en espaciosas anchuras. Tened, Señor, misericordia de mí y concededme lo que os pido en mi oración. ¡Ojalá que ellos hubieran oído todas las cosas que yo entonces mezclé entre estas palabras! Pero lo habían de haber oído, sin saber yo que me oían, para que no juzgasen que lo decía porque ellos me escuchaban. Porque, a la verdad, ni yo hubiera acertado a decir tan buenas cosas, ni las hubiera dicho de aquel modo y con tan vivos afectos si conociera que ellos me estaban viendo y escuchando. Y dado caso que las hubiera dicho, y del mismo modo, ellos no hubieran sacado de mis palabras tanto provecho como diciéndolas yo a mí sólo y hablando conmigo mismo en presencia vuestra, movido sólo del natural afecto de mi alma.

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