Libro IX · Capítulo 4
Las confesiones · San Agustín de Hipona
Tramo 4 de 8
9. Bien sabéis, Padre amantísimo, que me horroricé temiendo vuestra justicia y también me enfervoricé esperando y alegrándome mucho en vuestra misericordia, que estos mismos afectos se me salían por los ojos y boca cuando en el mismo salmo leí aquellas palabras que dice vuestro Espíritu Santo hablando con nosotros: Hijos de los hombres, ¿hasta cuándo habéis de tener tan pesado y terreno el corazón? ¿Para qué amáis la vanidad y buscáis la mentira? Porque yo me hallaba comprendido en esto, pues había amado la vanidad y buscado la mentira; por eso ignoraba lo que allí dice el Profeta, esto es, que Vos, Señor, ya habíais glorificado a vuestro Santo, resucitándole de entre los muertos y colocándole a vuestra diestra, para que desde allí enviase al divino consolador, Espíritu de verdad, según lo había prometido, y como efectivamente ya le había enviado. Ya le había enviado, porque ya él había sido glorificado, resucitando de entre los muertos y subiendo a los cielos; que si hasta entonces el Espíritu Santo no había sido dado, era porque Jesucristo no había sido hasta entonces glorificado.
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