Santos Apóstoles · Kindle

Libro IX · Capítulo 4

Las confesiones · San Agustín de Hipona

Tramo 1 de 8

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7. Llegó, por fin, el día en que efectivamente había de exonerarme del empleo de maestro de retórica, como ya lo estaba con la intención y la voluntad. Se efectuó la dimisión de dicho empleo, con lo cual sacasteis a mi lengua de las prisiones y grillos de que habíais sacado mi corazón; y yo, lleno de gozo y dándoos muchas gracias por ello, me retiré a la quinta de Verecundo con todos los amigos.

Los libros que allí compuse, ya de las materias que trataba y controvertía con mis compañeros, ya conmigo solo y en presencia vuestra, y las cartas que escribí a Nebridio, que estaba ausente, testifican la clase de estudios en que me ocupaba entonces, pues todas aquellas obras las escribí y ordené a vuestro servicio, no obstante que conservan todavía algún resabio de la escuela de la vanidad, lo cual puede compararse con aquel jadear o difícil respiración del que va corriendo, que le dura aun después de estar parado.

Pero ¿qué tiempo bastaría para que yo refiriese por menor los grandes beneficios que Vos me hicisteis en todo aquel tiempo, especialmente metiéndome mucha prisa en el deseo de llegar a referir otras mayores mercedes? Porque me está llamando y me deleita verdaderamente el acordarme, Señor, y publicar ahora con qué interiores estímulos domasteis mi ferocidad, de qué modo allanasteis en mí los montes y collados de mis altivos pensamientos, enderezasteis mis caminos torcidos y suavizasteis los ásperos y fragosos; de qué modo también a Alipio, hermano de mi corazón, le sujetasteis al nombre de vuestro unigénito Hijo, nuestro Señor y Salvador Jesucristo, cuyo nombre no quería él antes que sonase en mis escritos, gustando más de que oliesen a las soberbias doctrinas de los filósofos, cedros que el Señor había quebrantado, que a las saludables hierbas de las doctrinas sagradas, cuya virtud ahuyenta las serpientes ponzoñosas.

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