Santos Apóstoles · Kindle

Libro IX · Capítulo 4

Las confesiones · San Agustín de Hipona

Tramo 6 de 8

Letra pequeñaMedianaGrande

Tampoco miraba ya estas cosas exteriores, como si fueran los verdaderos bienes a que debía aspirar, ni buscaba mi felicidad en estas cosas visibles a los ojos corporales y que se registran con la luz del sol. Porque aquellos herejes, que querían ser felices gozando de estas cosas corpóreas y exteriores, con facilidad se ven burlados y se vuelven inútiles y vanos sus deseos; como derrumban su corazón y lo entregan totalmente a estas cosas visibles que duran poco y las consume el tiempo, no tienen más recurso que estar como lamiendo con la lengua de su hambrienta imaginación las especies o imágenes que de aquellas cosas han quedado en ella. Ojalá que, siquiera acosados del hambre, llegasen a decir: ¿Quién nos manifestará los bienes sólidos y verdaderos?, para que entonces les digamos que atiendan al Real Profeta, que dice: Señor, la luz de vuestro divino rostro está grabada en nuestro corazón. Porque nosotros no somos aquella luz que alumbra a todos los hombres, sino que somos iluminados de Vos, para que los que antes éramos tinieblas, seamos luz en Vos.

¡Oh, si ellos vieran en su interior aquel bien eterno que yo había comenzado a gustar! Me deshacía y consumía considerando que me era imposible hacérselo ver a ellos, aunque me preguntaran y dijeran: ¿quién nos manifestará los verdaderos bienes?, mientras me presentasen un corazón como el suyo, que sólo cree y asiente al informe de sus ojos, y busca solamente los bienes fuera de Vos. Porque allá en lo más íntimo de mi alma, donde yo me enojé contra mí mismo, donde sentí una verdadera compunción, donde os había ofrecido y sacrificado mis antiguas costumbres, y esperando en vuestra gracia había comenzado a pensar en hacer vida nueva; allí mismo fue donde Vos, Señor, comenzasteis a darme a conocer vuestra dulzura y a llenar mi corazón de alegría.

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