Libro IX · Capítulo 4
Las confesiones · San Agustín de Hipona
Tramo 5 de 8
El Real Profeta clamaba: ¿Hasta cuándo habéis de tener pesado el corazón? ¿Para qué amáis la vanidad y buscáis la mentira? Sabed que el Señor ha glorificado ya a su SANTO. Primero clama diciéndonos: ¿Hasta cuando? Después vuelve a clamar y decirnos: Sabed. Y yo, que fui por tanto tiempo ignorante, que amé la vanidad y busqué la mentira, por eso me estremecí todo al oír aquellas palabras, por acordarme muy bien de que yo había sido tal como aquéllos a quienes se dirigían. Porque en aquellos fantasmas que yo había abrazado en lugar de la verdad no había otra cosa que vanidad y mentira. Por eso dije entonces muchas sentencias graves y fuertes hasta en el modo de decirlas, por el sentimiento y dolor que me causaba acordarme de aquellas cosas. ¡Ojalá que las hubieran oído los que todavía perseveran amando la vanidad y buscando la mentira! Puede ser que al oírme se hubieran conmovido tanto, que llegasen a vomitar aquel veneno, y Vos, Señor, los hubierais atendido cuando clamasen a Vos y confesasen que padeció por nosotros verdadera muerte en un cuerpo real y verdadero. El mismo que ahora os ruega y pide por nosotros.
10. Allí también leía: Servíos de vuestra ira para no pecar. Esto, Dios mío, ¡cuánto me conmovía, por haber aprendido ya a enojarme contra mí por mis pasados desórdenes, para no volver a pecar en adelante! Y era justo enojarme contra mí, porque estaba plenamente convencido de que no era otra naturaleza del linaje de las tinieblas, distinta de la mía, la que pecaba en mí, como enseñaban aquéllos que no se irritan ni enojan contra sí mismos, pero van atesorando contra sí enojos para el día de la ira, que es el día de la manifestación de vuestro justo juicio.
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