Santos Apóstoles · Kindle

Libro IX · Capítulo 7

Las confesiones · San Agustín de Hipona

Tramo 2 de 3

Letra pequeñaMedianaGrande

16. En este mismo tiempo fue cuando en una visión manifestasteis a vuestro santo obispo el lugar donde estaban enterrados los cuerpos de los santos mártires Protasio y Gervasio, que por tantos años habíais conservado incorruptos y escondidos en el secreto de vuestros tesoros, para manifestarlos oportunamente cuando conviniese y reprimir la rabiosa furia de una mujer, que además de eso era emperatriz. Porque habiéndolos descubierto y desenterrado, mientras eran trasladados a la basílica ambrosiana con el honor y pompa que correspondía, no sólo quedaban sanos y salvos los atormentados por los espíritus inmundos, confesando vuestro poder los mismos demonios, sino que también un ciudadano que había muchos años que estaba ciego, y era muy conocido en toda la ciudad, preguntando el motivo que tenía el pueblo para aquellas demostraciones que hacía de júbilo y regocijo, e informado bien de todo, saltó de contento y rogó al que lo iba guiando que le llevase al paraje por donde pasaba la procesión. Llevado allá, suplicó que le permitiesen tocar con un pañuelo el féretro donde iban los cuerpos de aquellos santos cuya muerte había sido preciosa a vuestros ojos. Tocó al féretro el pañuelo, se lo aplicó el ciego a los ojos e inmediatamente recobró la vista. Al instante se divulgó por todas partes la fama de este milagro; al instante resonaron por toda la ciudad vuestras alabanzas públicas y fervorosas; y con esto el ánimo de aquella enemiga del santo obispo Ambrosio, aunque no se convirtió ni llegó a la santidad de la fe, al menos se reprimió y apaciguó, cesando de perseguirle con tan gran furor.

Último tramo abierto guardado si su navegador acepta cookies. También puede guardar esta página en favoritos.