Libro IX · Capítulo 8
Las confesiones · San Agustín de Hipona
Tramo 4 de 6
18. No obstante todo este cuidado y enseñanza, imperceptiblemente se le introdujo en el corazón a mi madre y sierva vuestra el gusto y afición al vino, como ella misma me lo contaba. Porque en la confianza de que era niña, y que no bebía vino, ella era la que por mandato de sus padres iba regularmente a sacarle de la cuba, y antes de echarlo en la vasija en que lo había de llevar, aplicaba los labios al vaso con que lo sacaba, dando un pequeño sorbito, porque su paladar mismo repugnaba el beber algo más. Pues no hacía esto en fuerza de alguna pasión que tuviese al vino, sino impelida de ciertos excesillos y antojos de que abunda aquella edad, y se desahogan y explican en unos movimientos como burlescos, los cuales, con el peso y gravedad de los mayores y maestros, suelen contenerse y reprimirse en los ánimos de los muchachos. Así, añadiendo a aquel pequeño sorbo primero otros pequeños sorbos cotidianos (como el que desprecia lo poco, viene a caer en lo mucho), llegó a contraer tal costumbre, que ya bebía con gran gusto una copa de vino casi llena.
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