Libro IX · Capítulo 8
Las confesiones · San Agustín de Hipona
Tramo 5 de 6
¿Dónde estaba entonces aquella prudente anciana, y aquella su prohibición severa y rigurosa? Mas ¿por ventura habría alguna cosa que fuese de provecho para curar una enfermedad oculta, si Vos, Señor, que sois el verdadero médico de todos nuestros males, no estuvierais siempre velando sobre nosotros? Así, un día, estando ausente el padre y la madre, y también los que cuidaban de su educación, Vos, Señor, que estáis presente a todos, que nos habéis creado, que nos llamáis en todo tiempo, que hasta por medio de los hombres que son contrarios nos procuráis lo que es bueno para la salud de nuestras almas, ¿qué fue, Dios mío, lo que hicisteis en aquella ocasión?, ¿con qué remedio la curasteis?, ¿con qué medicina la sanasteis? ¿No es cierto, Señor, que os servisteis de aquel fuerte y agudo dicterio que le dijo aquella otra criatura, cuya injuriosa afrenta fue como un hierro cortante y medicinal, que sacasteis de los secretos senos de vuestra providencia, con el cual de un solo golpe cortasteis toda aquella corrupción?
Porque aquel día que ella estaba sola con una criada, que era precisamente la que solía acompañarla cuando iba por el vino, riñeron las dos entre sí, como muchas veces sucede en las casas; la criada le echó en rostro esta mala costumbre que su ama menor tenía, y con un modo áspero y desabrido la insultó llamándola borrachuela. Estimulada la niña con esta injuria, abrió los ojos para ver aquella fea costumbre, y desde aquel instante la condenó ella misma y la dejó.
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