Libro IX · Capítulo 8
Las confesiones · San Agustín de Hipona
Tramo 1 de 6
17. Vos, Señor, que hacéis que vivan juntos en una misma casa los que tienen una misma voluntad, trajisteis a nuestra compañía al joven Evodio, que era natural de mi mismo pueblo. El que era agente de los negocios del príncipe se convirtió a Vos y se bautizó antes que nosotros, y dejando el servicio del emperador, se dedicó al vuestro.
Vivíamos, pues, en amigable compañía y con la santa resolución de no separarnos nunca. Buscando un lugar que nos fuese más cómodo y proporcionado para establecernos en él y emplearnos en vuestro servicio, determinamos volvernos a África todos juntos: estábamos en el puerto de Ostia, por donde desemboca el Tíber en el mar, y allí falleció mi madre.
Muchas cosas paso aquí en silencio, porque voy muy deprisa para referir otras que no quiero omitir. Aceptad, Dios mío, las alabanzas que deseo daros y la acción de gracias que os doy también en silencio por las innumerables cosas que dejo de referir. Pero no omitiré todos aquellos recuerdos que pueda conservar mi memoria de aquella sierva vuestra, que me engendró a mí, no sólo en cuanto al cuerpo a esta vida temporal, sino también en el espíritu en orden a la eterna. Las cosas que de mi madre voy a referir, fueron dones y gracias vuestras, no suyas, pues ni ella se hizo a sí misma, ni se educó a sí misma.
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