Santos Apóstoles · Kindle

Libro IX · Capítulo 10

Las confesiones · San Agustín de Hipona

Tramo 1 de 4

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22. Acercándose ya el día en que mi madre había de salir de esta vida, el cual para Vos, Señor, era tan sabido como para nosotros ignorado, sucedió, sin duda disponiéndolo Vos por los medios ininvestigables de vuestra providencia, que mi madre y yo estuviésemos solos y asomados a una ventana, desde donde se veía un jardín que había dentro de la casa que habíamos tomado en la ciudad de Ostia, donde, apartados del bullicio de las gentes, pudiésemos descansar de las molestias de un largo viaje y disponernos para la navegación. Estando, pues, los dos solos, comenzamos a hablar, y nos era dulcísima la conversación, porque olvidados de todo lo pasado, empleábamos nuestros discursos en la consideración de lo venidero. Buscábamos en la misma verdad, que sois Vos y que estabais presente, qué tal sería aquella vida eterna que han de gozar los santos, que consiste en una felicidad que ni los ojos la vieron, ni los oídos la oyeron, ni el corazón humano es capaz de concebirla. Abríamos la boca de nuestro corazón hacia aquellos raudales soberanos que manan de la inagotable fuente de la vida, que está en Vos, para que, rociados con sus aguas, según nuestra capacidad, pudiésemos de algún modo pensar una cosa tan sublime y elevada.

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