Libro IX · Capítulo 11
Las confesiones · San Agustín de Hipona
Tramo 1 de 3
26. No me acuerdo muy bien de lo que respondí a estas palabras de mi madre. Pero de allí a cinco días, o muy poco más, cayó enferma de calenturas. En uno de los días de su enfermedad padeció una especie de desmayo, en que por algún tiempo estuvo enajenada de los sentidos. Nosotros acudimos, pero prontamente volvió en sí, y mirándonos a mi hermano y a mí, que estábamos allí junto a su lecho, nos dijo en tono de quien pregunta: ¿Dónde estaba yo ahora? Y después, viéndonos sobrecogidos de aflicción, nos dijo: Aquí dejaréis enterrada a vuestra madre. Yo callaba y reprimía el llanto, pero mi hermano le dijo no sé qué palabras, que aludían a desearle como cosa más feliz el que muriese en su patria y no en país tan extraño. Ella, habiendo oído todo esto, mirándole primero con un rostro severo y desazonado, como reprendiéndole con los ojos que pensase de aquel modo, y mirándome después a mí, dijo: Mira lo que dice éste. Luego hablando con entrambos añadió: Enterrad este cuerpo dondequiera y no tengáis más cuidado de él; lo que únicamente pido y os encomiendo es que os acordéis de mí en el altar del Señor, dondequiera que os halléis. Habiendo manifestado este su sentimiento con las palabras que pudo, se quedó callada y, agravándose la enfermedad, creció también su fatiga.
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