Santos Apóstoles · Kindle

Libro IX · Capítulo 12

Las confesiones · San Agustín de Hipona

Tramo 4 de 5

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tristeza.

31. Llegó el tiempo de llevar el cadáver y no lloré en todo el camino, ni a la ida ni a la vuelta, pues ni aun en aquellas preces y oraciones que os hicimos, mientras se os ofrecía por su alma el sacrificio de nuestra redención, estando ya puesto el cadáver junto a la sepultura antes que se enterrase, como allí se acostumbra hacer, ni en aquellas preces me enternecí ni lloré. Sin embargo, estuve todo el día poseído interiormente de una gran tristeza; y del modo que me permitía la turbación de mi alma, os suplicaba que sanaseis mi dolor; pero Vos no lo hacíais, y era, según creo, para que a lo menos por esta experiencia mía aprendiese y tuviese en la memoria la gran fuerza que tienen los lazos de toda costumbre contra todas las reflexiones que pueda hacer un alma que ya está desengañada y no se alimenta de la falsedad y mentira.

Entonces me pareció que también me convendría tomar baños, porque había oído decir que en latín se llamaban balnea, del nombre griego Balanion, para significar que expelen y echan fuera del alma toda aflicción y tristeza. Pero también debo confesar a vuestra infinita misericordia, con la que sois Padre mío y de todos los huérfanos, que después de haberme bañado, me hallé del mismo modo que antes, porque el calor del baño no pudo hacer que expeliera por el sudor la amargura y tristeza de mi alma.

Dormí después un rato y, cuando desperté, conocí que mi pena y sentimiento en parte se me habían mitigado. Entonces, estando solo en mi lecho, se me acordaron aquellos versos tan verdaderos de vuestro siervo Ambrosio, en que hablando con Vos, dice:

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