Santos Apóstoles · Kindle

Libro IX · Capítulo 12

Las confesiones · San Agustín de Hipona

Tramo 1 de 5

Letra pequeñaMedianaGrande

28. Al mismo tiempo que yo cerraba sus ojos al cadáver, se iba apoderando de mi corazón una tristeza grande, que iba a resolverse en lágrimas; pero mis ojos, obedeciendo al violento imperio del alma absorbían toda la corriente de su llanto, de modo que pareciesen enjutos; y en esta repugnancia que hacía al desahogo del llanto, tenía que vencer y que padecer mucho. El joven Adeodato, luego que mi madre dio el último aliento, comenzó a llorar a gritos, pero a persuasión de todos nosotros se sosegó y calló. Lo que yo experimentaba era similar, pues aquel primer movimiento, que con pueril flaqueza me quería hacer prorrumpir en llantos y gemidos, a la voz y precepto de mi alma, como de sujeto más prudente y juicioso, se reprimía y callaba. Porque no juzgábamos conveniente acompañar con lamentos, gemidos y sollozos la muerte de mi madre, por ser éstas unas demostraciones con que por lo común suele llorarse la infeliz y desgraciada suerte de los que han muerto, o con que al parecer se significa que se han consumido enteramente o aniquilado. Pero mi madre, ni había muerto, de modo que se le pudiese temer algún infeliz destino, ni había muerto de todo punto, lo cual teníamos por verdad muy cierta, ya atendiendo a la pureza de sus costumbres y método de vida, ya a su fe no fingida, sino muy verdadera, ya también por otras muchas razones que nos lo aseguraban.

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