Libro X · Capítulo 31
Las confesiones · San Agustín de Hipona
Tramo 4 de 6
El que dijo esto es un soldado de la milicia del cielo, que ya no es polvo y ceniza como nosotros. Acordaos, pues, Señor, de que somos polvo, y que del polvo formasteis al hombre, y que habiéndose perdido, Vos le volvisteis a hallar. Ni el mismo que habló aquella sentencia, inspirado de Vos (que porque hablaba así, me aficioné yo a él), podía cosa alguna por sí mismo, porque él también era polvo. Todo lo puedo, dice, pero lo puedo en Aquél que me conforta. Confortadme a mí, Señor, para que yo lo pueda todo como él. Dadme lo que mandáis y mandadme cuanto queráis. El Apóstol que decía esto reconoce y confiesa que cuanto tenía lo había recibido de Vos: y así cuando él se gloríe, se gloríe en el Señor.
Por otra parte oigo también al Sabio, que deseando conseguir este beneficio, os lo pide a Vos, diciendo: Apartad, Señor, de mí los destemplados deseos de comer y de beber. De donde se infiere, santísimo Dios mío, que cuando cumplimos vuestros mandamientos, Vos sois el que nos dais la gracia de cumplirlos.
46. Vos, Padre amabilísimo, me habéis enseñado que, para los que son puros y limpios, todos los manjares son puros y limpios, pero que sería malo para el hombre comer de cualquier cosa con escándalo de otros; que todas vuestras criaturas son buenas, y nada se debe desechar para alimento, siendo cosa que se pueda comer con acción de gracias: que no es la comida la que nos hace recomendables en vuestra presencia; que ninguno debe juzgar a su prójimo por la especie de manjar o bebida que toma; finalmente, que aquél que come de todo, no haga desprecio del que no come lo que él, y el que no come de todo, no juzgue ni condene al otro que usa de todo manjar indiferentemente.
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