Libro X · Capítulo 35
Las confesiones · San Agustín de Hipona
Tramo 3 de 5
56. En este tan inmenso y enmarañado bosque de deseos, y tan lleno de asechanzas y peligros, ya veis, Dios mío y salud mía, cuánta maleza he cortado y arrojado de mi corazón, según Vos me disteis gracia para ejecutarlo, y que efectivamente ejecuté; pero no obstante, ¿cuándo me atreveré a decir, sabiendo que nuestra vida continuamente y por todas partes está cercada y combatida de tan grande multitud de cosas semejantes, cuándo me atreveré a decir que estoy seguro y que ninguna de ellas excita mi atención siquiera para mirarla, y que nunca he de caer en lazo alguno de la vana curiosidad?
A la verdad, los teatros ya no me arrastran ni llevan tras de sí, ya no cuido de saber el curso de los astros, ni mi alma consultó jamás las sombras de que se vale la magia para sus respuestas, antes bien detesto y abomino todos sus misterios sacrílegos y supersticiosos. Pero ¿con cuántas maquinaciones y ardides me combate el enemigo para obligarme a que os pida un milagro a Vos, Dios y Señor mío, a quien sólo debo servir humilde y sencillamente? Pero yo, Señor, por Jesucristo Rey nuestro, y por toda su corte celestial, esa triunfante Jerusalén, que es nuestra patria, inocente y casta esposa vuestra, os ruego y suplico que así como al presente estoy lejos de consentir a semejante tentación, así lo esté siempre y cada día más.
Pero cuando os ruego por la salud de alguno, es muy diferente y mejor el fin de mi intención, y además de eso, me concedéis entonces, y espero que siempre me lo concedáis, el que gustosamente me conforme con vuestra voluntad.
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