Libro X · Capítulo 35
Las confesiones · San Agustín de Hipona
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54. A todas éstas es preciso añadir otra especie de tentación, que es mucho más peligrosa. Además de aquella concupiscencia de la carne, que tiene por objeto el regalo de los sentidos y deleites, sirviendo y obedeciendo a la cual perecen los que se alejan de Vos, hay en el alma otra especie de concupiscencia vana y curiosa, disfrazada con el nombre de conocimiento y ciencia, que se vale y se sirve de los mismos sentidos corporales, no para que ellos perciban sus respectivos deleites, sino para que por medio de ellos consiga satisfacer su curiosidad y la pasión de saber siempre más y más.
Como esta concupiscencia del alma pertenece al apetito de conocer y saber, y los ojos son los principales en el conocimiento de las cosas sensibles, por eso en la Sagrada Escritura se llama concupiscencia de los ojos. Y aunque es cierto que el ver única y propiamente corresponde a los ojos, solemos usar también de esa palabra para explicar la acción de los demás sentidos, cuando los aplicamos a conocer sus propios objetos. Pero no al contrario, pues nunca decimos: oye cómo alumbra, ni oled cómo luce, ni gustad cómo brilla, ni palpad cómo resplandece, siendo así que todo esto lo llamamos ver. Porque no sólo decimos mirad cómo luce (lo cual únicamente pertenece a los ojos), sino también mirad cómo suena, mirad cómo huele, mirad cómo sabe, mirad cómo está duro.
Por eso todas las sensaciones de nuestros sentidos se comprenden de una vez llamándose, como ya dije, concupiscencia de los ojos, porque todos los demás sentidos, cuando conocen o perciben algo de sus objetos, usurpan en algún modo la acción y oficio del ver, que propia y principalmente pertenece a los ojos.
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