Santos Apóstoles · Kindle

Libro X · Capítulo 36

Las confesiones · San Agustín de Hipona

Tramo 2 de 3

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59. Desear ser temido y amado de los hombres, no por otra cosa sino para tener en esto un gozo que no es gozo, es miseria de la vida humana y una jactancia fea. He aquí de dónde principalmente dimana el no amaros los hombres a Vos solo ni temeros con temor filial y santo. Por eso resistís a los soberbios y dais gracia a los humildes, por eso tronáis sobre los ambiciosos del mundo, haciendo que se estremezcan los cimientos de los montes más altos. Pero como sea necesario para el desempeño y cumplimiento de algunos empleos de la república, el que sean temidos y amados de los hombres los que están destinados a aquellos cargos o empleos, el enemigo de nuestra verdadera felicidad y bienaventuranza nos estrecha más para hacernos caer en esta vana complacencia, y por todas partes tiende los lazos de aplausos y lisonjas, para que recogiéndolas con ansia y afición, caigamos incautamente en aquella vanidad y dejemos de poner nuestro gozo en vuestra verdad, colocándolo en el engaño y falacia de los hombres, y lleguemos a tener gusto y complacencia de ser amados y temidos de los hombres por nosotros mismos y no por Vos. Así intenta el enemigo, haciéndonos semejantes a él en la soberbia, llevarnos también a su compañía, no para usar con nosotros de caridad y concordia, sino para hacemos compañeros de sus penas y tormentos; porque él, aspirando soberbiamente a ser semejante a Vos, tiró a imitaros malamente por el torcido rumbo y contrario extremo de la desemejanza, queriendo poner su trono en el Aquilón, para que los hombres, deslumbrados y fríos por faltos de fe y caridad, le sirvan y obedezcan a él.

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