Libro X · Capítulo 37
Las confesiones · San Agustín de Hipona
Tramo 3 de 5
Pero yo no quisiera que la aprobación y alabanza ajena me aumentase el gozo que puedo tener de alguna bondad mía, aunque conozco y confieso que no sólo me lo aumenta la alabanza, sino que el vituperio me lo disminuye. Cuando me veo atribulado con semejante flaqueza, propia de mi miseria, se me ofrece luego una disculpa, que Vos, Dios mío, sabéis si es buena o mala, pues yo no me atrevo a calificarla con certeza. La razón con que tiro a disculpar mi alegría y gozo de la alabanza consiste en que, como Vos nos habéis mandado no sólo la continencia y templanza, que nos enseña de qué cosas debemos apartar nuestra afición, sino también la justicia, que nos muestra en qué cosas debemos poner nuestro amor y voluntad, y como por otra parte nos habéis mandado que no solamente os amemos a Vos, sino también al prójimo, fundado yo en todo esto, me parece que muchas veces que me deleito oyendo que me alaban, no nace mi deleite y alegría de aquella alabanza, sino del aprovechamiento que muestra el prójimo y de las buenas esperanzas que da de su talento, pues alaba lo que merece ser alabado; por el contrario, si me entristezco cuando me vitupera, me parece que sólo es de su mal, oyendo que desprecia y vitupera lo que él no sabe ni entiende, o lo que realmente es bueno. También cuando me alaban, me suelo entristecer algunas veces, o porque alaban en mí algunas cosas que me disgustan a mí mismo, o porque también hacen más estimación y aprecio del que debieran hacer de algunos pequeños y leves bienes que experimentan en mí.
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