Libro X · Capítulo 38
Las confesiones · San Agustín de Hipona
Tramo 1 de 1
63. Muy pobre y necesitado estoy de vuestra luz y enseñanza; mejor seré desagradándome a mí mismo con gemidos y sollozos ocultos, y buscando sin cesar vuestra misericordia, hasta que os dignéis reparar mis defectos, y darme tal perfección, que goce aquella tranquilidad y paz que no sabe ni conoce el soberbio y arrogante.
Pero las palabras que uno dice y las obras que hace, como son públicas y notorias a los hombres, están expuestas a la peligrosísima tentación del amor y deseo de las alabanzas, el cual busca los votos y pareceres ajenos, y los junta y ordena para conseguir con ellos una cierta excelencia y distinción particular. Aun cuando me reprendo a mí mismo por este mal deseo, me tienta también a desear alabanza, por la misma razón con que le he afeado y reprendido.
Muchas veces sucede también que de haber el hombre despreciado la vanagloria viene a caer en otra gloria más vana; en tal caso tampoco puede decirse que se gloríe de haber menospreciado la vanagloria, porque no puede ser verdad que ella esté menospreciada en un hombre que tan vana e íntimamente se gloríe.
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