Libro XI · Capítulo 6
Las confesiones · San Agustín de Hipona
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8. Mas ¿cómo lo dijisteis? ¿Acaso de aquel modo que se hizo desde la nube una voz que dijo: Este es mi Hijo amado? (Mt., 3, 17). Aquella voz se hizo, y pasó; comenzó, y acabó; sonaron las sílabas, y pasaron; la segunda después de la primera, la tercera después de la segunda, y así por su orden, hasta la postrera después de las otras, y después de la postrera, el silencio. De donde es claro y patente que aquella voz se formó por el movimiento de una criatura, que siendo ella misma temporal, servía a vuestra voluntad eterna. Y estas palabras vuestras, formadas en el tiempo, fueron por el oído exterior transmitidas a la mente prudente, cuyo oído interior está atento a vuestro Verbo eterno. Y la mente comparó estas palabras que temporalmente sonaban, con vuestro Verbo, eterno en el silencio, y dijo: «Es cosa muy distinta, enteramente distinta. Estas palabras están muy por debajo de mí; ni siquiera están, puesto que huyen y pasan; mas el Verbo de mi Dios, por encima de mí permanece para siempre (Is., 40, 8)».
Si, pues, con palabras que sonaban y pasaban dijisteis que fuese hecho el cielo y la tierra, y así hicisteis el cielo y la tierra, había ya una criatura corporal por cuyos movimientos temporales fuese temporalmente pasando aquella voz. Pero ningún cuerpo había antes que el cielo y la tierra; o si lo había, ciertamente, sin voz transitoria lo habéis Vos formado, para de él formar la voz transitoria con la cual dijeseis que se hiciese el cielo y la tierra. Y fuese lo que fuese aquello de que la tal voz había de formarse, si por Vos no hubiera sido hecho, de ninguna manera existiría. ¿Con qué palabra, pues, dijisteis Vos que fuese hecho aquel cuerpo, de donde se formasen estas palabras creadoras?
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