Libro XI · Capítulo 8
Las confesiones · San Agustín de Hipona
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10. Y eso ¿por qué, os ruego, Señor Dios mío? De alguna manera lo veo, pero no sé cómo explicarlo; si no es que todo lo que comienza a ser y deja de ser, entonces comienza y entonces acaba, cuando en la Razón eterna –donde nada comienza ni acaba–, se conoce que debe comenzar o acabar.
Esta Razón es vuestro mismo Verbo, que es también el Principio, porque también habla nos a nosotros (Jn, 8, 25). Así lo dijo por su carne en el Evangelio; y esto hizo sonar fuera en los oídos de los hombres, para que le creyesen e interiormente le buscasen, y le encontrasen en la Verdad eterna, donde a todos los discípulos enseña el Maestro bueno y único (Mt., 19, 16; 23, 8). Allí siento yo, Señor, vuestra voz, que me dice que quien nos enseña, ése es el que habla para nosotros; pero el que no nos enseña, aunque hable, no habla para nosotros. Pues ¿quién nos enseña, sino la Verdad permanente? Porque aun cuando somos por la criatura mudable amonestados, somos conducidos a la Verdad permanente, en donde verdaderamente aprendemos, cuando asistimos, la oímos y en gran manera nos gozamos por la voz del Esposo (Jn., 3, 29), restituyéndonos allá de donde venimos. Y por eso es Principio, porque si no permaneciese, cuando nos descaminásemos no tendríamos a dónde volver. Y cuando del error volvemos, ciertamente por el conocimiento volvemos. Pues para que tengamos conocimiento, Él nos enseña; porque es el Principio y nos habla.
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