Libro XI · Capítulo 15
Las confesiones · San Agustín de Hipona
Tramo 2 de 3
Mira primero si cien años pueden estar presentes. Porque si corre el primer año de la centuria, ese mismo es el que está presente; mas los noventa y nueve restantes son futuros, y, por tanto, todavía no son. Si corre el año segundo, ya el primero es pasado, el segundo está presente, los restantes son futuros. Y así, poniendo presente uno cualquiera de los años intermedios de esta centuria, delante de él estarán los años pasados; detrás, los futuros. Por tanto, los cien años no pueden estar presentes.
Mira, al menos, si acaso el año actual, él solo, está presente. De este año, pues, si corre el primer mes, los demás son futuros; si el segundo, ya el primero pasó, y los restantes no son todavía. Ni el año actual, pues, está todo presente; y si no está todo presente, no es el año lo que está presente; puesto que el año consta de doce meses, de los cuales uno solo, cualquiera que sea el actual, está presente; los otros son, o pasados, o futuros.
Aunque ni el mes que corre está presente, sino un solo día: si es el primero, los restantes son futuros; si es el último, los restantes son pasado; si uno cualquiera de los intermedios, está entre los pasados y los futuros.
20. He aquí que el tiempo presente, el único que encontrábamos que había de llamarse largo, se reduce apenas al espacio de un solo día.
Pero discutamos también este mismo espacio, porque ni un día está todo presente. Porque se compone de todas las veinticuatro horas nocturnas y diurnas: la primera de ellas tiene las restantes por futuras; la última, por pasadas; y cualquiera de las intermedias tiene a las anteriores por pasadas, a las posteriores, por futuras.
Y una misma hora va corriendo por partículas fugitivas: todo lo que de ellas voló, es pasado; todo lo que le resta, es futuro.
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