Santos Apóstoles · Kindle

Libro XI · Capítulo 22

Las confesiones · San Agustín de Hipona

Tramo 1 de 1

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28. Se ha enardecido mi alma por conocer este complicadísimo enigma. No cerréis, Señor Dios mío, Padre bueno, ¡por Cristo os lo suplico!, no cerréis a mi deseo estas cosas trilladas y a la vez recónditas, para que yo no penetre en ellas y se esclarezcan, alumbrándome vuestra misericordia, Señor. ¿A quién preguntaré acerca de ellas? ¿Y a quién con mayor fruto confesaré mi impericia que a Vos, a quien no son molestos mis deseos, vehementemente inflamados, acerca de vuestras Escrituras? ¡Dadme lo que amo, pues lo amo, y esto Vos me lo habéis dado! ¡Dádmelo, Padre, que verdaderamente sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos! (Mt., 7, 11). Dádmelo, pues me he propuesto conocerlo, y me resulta laborioso (Ps., 72, 16) hasta que me abráis. Por Cristo os lo suplico, en nombre de Él, el Santo de los santos: nadie me interrumpa. También yo he creído, y por eso hablo (2 Cor., 4, 13). Esta es mi esperanza –para ella vivo–: contemplar las delicias del Señor (Ps., 26, 4).

He aquí que habéis hecho viejos mis días (Ps., 38, 6), y pasan y no sé cómo. Y decimos: «Tal tiempo y tal otro tiempo» y «aquellos tiempos y los tiempos» y «En cuánto tiempo dijo aquél esto», «En cuánto tiempo hizo aquél esto otro», y «Cuán largo tiempo hace que no lo vi», y «Doble tiempo tiene esta sílaba que aquella otra breve sencilla». Esto decimos y esto oímos, y nos entienden y lo entendemos. Clarísimas y trivialísimas son estas cosas, y, sin embargo, demasiado recónditas, y es nuevo su descubrimiento.

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