Libro XI · Capítulo 24
Las confesiones · San Agustín de Hipona
Tramo 1 de 1
31. ¿Mandáis que yo apruebe, si alguno dice que el tiempo es el movimiento de un cuerpo? ¡No lo mandáis! Porque yo oigo, Vos lo decís, que ningún cuerpo se mueve, sino en el tiempo; pero que el mismo movimiento del cuerpo sea el tiempo, eso no lo oigo: no lo decís Vos.
Porque cuando un cuerpo se mueve, yo mido por el tiempo cuánto dura su movimiento desde que empezó a moverse hasta que se para. Y si no vi cuándo comenzó, y continúa moviéndose sin que yo vea cuándo se para, no puedo medir si no es desde que empiezo a verlo hasta que acabó. Y si lo veo largo rato, solamente afirmo que el tiempo es largo, pero no cuánto; pues cuando decimos cuánto, lo decimos por comparación, verbigracia: «Tanto es esto, cuanto aquello»; o «Esto es doble que aquello»; y así en todo lo demás.
Pero si hubiéramos podido notar los espacios de los lugares desde dónde y hasta dónde va el cuerpo que se mueve –o sus partes, si se mueve como en un torno–, podemos decir cuánto tiempo tardó en hacerse el movimiento del cuerpo –o de sus partes– desde tal lugar hasta tal otro.
Siendo, pues, una cosa el movimiento del cuerpo y otra aquello con que medimos su duración, ¿quién no echa de ver cuál de estos dos con más razón habrá de llamarse tiempo? Porque si un cuerpo unas veces variadamente se mueve y otras se para, por el tiempo medimos no solamente su movimiento, sino también su parada, y decimos: «Tanto tiempo ha estado parado, cuánto moviéndose», o «Estuvo parado el doble o el triple de lo que se movió», y cualquiera cosa que nuestra medida haya precisado o apreciado más o menos, como suele decirse. El tiempo no es, pues, el movimiento del cuerpo.
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