Libro XI · Capítulo 26
Las confesiones · San Agustín de Hipona
Tramo 1 de 2
33. ¿Por ventura no os confiesa mi alma con confesión verídica que yo mido los tiempos? Así, pues, Señor, Dios mío, yo mido y no sé lo que mido. Mido el movimiento de un cuerpo por el tiempo. ¿No mido también el tiempo mismo? Pero ¿es que mediría yo el movimiento de un cuerpo, cuánto dura y cuánto tarda en llegar de aquí allá, si no midiese el tiempo en que se mueve?
Pues el tiempo mismo, ¿con qué lo mido? ¿Tal vez con un tiempo más breve medimos otro más largo, como por la longitud de un codo la longitud de una viga?
Así vemos que por la duración de una sílaba breve se mide la duración de una larga y se dice que ésta es doble. Así medimos la duración de los poemas por la duración de los versos; y la duración de los versos por la duración de las palabras; y la duración de las palabras por la duración de las sílabas; y la duración de las sílabas largas por la duración de las breves; no por las páginas –porque de esa manera mediríamos los espacios, no los tiempos-, sino cuando las palabras, al pronunciarlas, van pasando y decimos: Es poema largo, pues se compone de tantos versos: versos largos, pues constan de tantas palabras; palabras largas, pues se extienden a tantas sílabas; sílaba larga, pues es doble que una breve.
Pero ni aun así se determina una medida fija del tiempo: puesto que puede acaecer que suene más largo espacio de tiempo un verso más corto si se pronuncia con mayor lentitud, que otro más largo si se recita con mayor rapidez. Dígase otro tanto de un poema, de un pie, de una sílaba.
Capítulo anteriorÚltimo tramo abierto guardado si su navegador acepta cookies. También puede guardar esta página en favoritos.