Libro XII · Capítulo 8
Las confesiones · San Agustín de Hipona
Tramo 1 de 2
8. Mas aquel cielo del cielo es para Vos, Señor; pero la tierra que diste a los hijos de los hombres para que la viesen y la tocasen, no era tal cual ahora la vemos y tocamos; porque era invisible e incompuesta; y un abismo era, sobre el cual no había luz. O bien: las tinieblas estaban sobre el abismo, es decir, más que en el abismo. Porque este abismo de las aguas ya visibles, aun en sus profundidades tiene su manera de luz, en algún modo sensible a los peces y animales que se arrastran en su fondo; pero aquel todo (la tierra informe) era casi la nada, puesto que todavía era enteramente informe. Porque Vos, Señor, hicisteis el mundo de una materia informe; la cual de la nada hicisteis casi nada, para de ella hacer las cosas grandes que admiramos los hijos de los hombres. Muy admirable es este cielo corpóreo, firmamento entre el agua y el agua que el segundo día, después de la creación de la luz, dijisteis: Hágase, y así se hizo. Al cual firmamento llamasteis cielo (Gen., 1, 6-8); pero cielo de esta tierra y mar, que hicisteis el tercer día, dando forma visible a la materia informe que hicisteis antes de todo día. Porque ya habíais hecho también el cielo antes de todo día; mas aquél es el cielo de este cielo; porque en el principio habíais hecho el cielo y la tierra. Pero esta misma tierra que habíais hecho, era una materia informe, pues era invisible e incompuesta y tinieblas sobre el abismo; para, de aquella tierra invisible e incompuesta, de aquella informidad, de aquello casi-nada, hacer todas las cosas de que consta este mundo inconstante y mudable, donde aparece la misma mutabilidad que nos permite sentir y contar los tiempos; porque con las mudanzas de las cosas se hacen los tiempos, mientras van viniendo y transformándose unas en otras las especies,
Capítulo anteriorÚltimo tramo abierto guardado si su navegador acepta cookies. También puede guardar esta página en favoritos.