Libro XII · Capítulo 16
Las confesiones · San Agustín de Hipona
Tramo 1 de 1
23. Pues quiero hablar un poco delante de Vos, Dios mío, con los que conceden ser verdadero todo lo que interiormente en mi inteligencia no cesa de enseñarme vuestra verdad. Porque los que esto niegan, ladren cuanto quieran, y atruénense a sí mismos. Yo me esforzaré en persuadirles que se calmen y abran camino hacia ellos para vuestra palabra. Y si ellos no quisieren y me rechazaren, os suplico, Dios mío, que Vos no calléis para mí (Ps., 27, 1). Hablad Vos a mi corazón verazmente, pues sois el único que así habla. Y a ellos los dejaré fuera soplando en el polvo y levantando tierra sobre sus propios ojos. Y entraré en mi cámara y os cantaré canciones de amor gimiendo con gemidos inenarrables (Rom., 8, 26) en mi peregrinación, y acordándome de Jerusalén, dilatando en alto hacia ella mi corazón, hacia Jerusalén, mi patria; Jerusalén, mi madre (Gal., 4, 26), y hacia Vos, que le sois rey, sol, padre, tutor, marido, castas y fieles delicias, gozo sólido y todos sus bienes inefables, todos a la vez, porque sois el único, supremo y verdadero Bien. Y no me apartaré hasta tanto que me recojáis, todo cuanto soy, de esta dispersión y deformidad, y me confirméis para siempre en aquella paz de Jerusalén, mi madre carísima, en donde están las primicias de mi espíritu, de donde me vienen estas certidumbres, ¡oh Dios mío, misericordia mía!
Mas a estos otros que no dicen ser falsas todas estas cosas que son verdaderas, y que honran y ponen como nosotros en la cumbre de la autoridad que ha de seguirse aquella vuestra santa Escritura, promulgada por el santo Moisés, pero que, no obstante, en algo nos contradicen, he aquí lo que les digo:
–Vos, Dios nuestro, sed el árbitro entre mis confesiones y sus contradicciones.
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